Carta de un hombre que no debió morir

¿Mi nombre?  No importa. Podría ser cualquiera de aquellos que mi etnia mandinga confiere a quien lleva el valor de lo más  auténtico que en mi tierra, Gambia, es la sonrisa.

Una sonrisa que aprendí de los míos, allá en aquel poblado que quien sabe si nunca debí dejar para ir tras los sueños de una tierra prometida a la que mucho me ha costado llegar.

Marché, sí, como tantos hermanos en búsqueda de otras y mejores oportunidades. Fui pionero allá por los 80 y recalé, tras muchas aventuras, en un Maresme en el que hallé trabajo y aquel primer y único amor. El amor de una mujer española  a la que quise seguir a su tierra de alcarrias, aromáticas, mieles y hieles que con el tiempo también descubrí.

Una mujer a la que quise y me quiso hasta que aquello que hoy sé precisa integración y entonces el ciego amor obviaba, se interpuso entre ambos haciendo añicos una historia de amor que empezó, como todas, sincera y sin límites impuestos por la razón. Una historia que, como la mayoría, acabó con el dolor más grande que el corazón no entiende.

Sólo aquella a la que cuando aquel manda, rechazamos como se rechaza cualquier vientecillo desfavorable que puede impedirnos la travesía hacia un puerto ansiado. Sí, sólo la razón fue causa de nuestros males.

¿O fue la sinrazón? La sinrazón de no compartir unas comunes raíces, mucho más fuertes que nuestro amor. La sinrazón de una discriminación a la que me vi abocado pese a una aparente excelente acogida en una familia, en un pueblo a los que no bastó mi sonrisa para hacerme sentir uno de ellos.

Tampoco bastaron aquellas dos bendiciones de Dios o Alá, que con cualquier advocación  es grande como las hijas que  nos dio y que hoy, veinte años después, han perpetuado mi savia en un lugar tan lejano y así a la par tan cercano ya a aquel poblado mandinga que me vio nacer.

No bastaron, no, mis dotes naturales para el deporte y la caza aunque bien supusieran un motivo de justificado orgullo en una sociedad occidental donde la competencia rige hasta en los ámbitos más aparentemente desinteresados.

Tampoco bastaron mis arraigadas creencias sobrenaturales por las que tan espontanea como respetuosamente supe y quise adaptarme a ritos como los de procesionar al Patrón ¡y qué natural garbo el mío al bailarlo¡

Y cuando la melancolía  empezó a hacer mella en mí, tampoco bastó la buena voluntad de quien fue mi mujer  por ayudarme al reencuentro con los míos porque ni su ilusión ni el esfuerzo de cómplices como aquella Jammu que, me consta, todavía me guarda y recuerda en el mejor sitio de su corazón, sirvieron para lograr lo entonces imposible: volver a mi añorada Gambia para abrazar a los míos.

Volver… hoy al fin lo hice. No, no hicieron falta ya premios de dudosas sorpresas televisivas a los que nunca  accedí por muchas y muy sensibles cartas enviadas. No, tampoco conseguimos ahorrar lo suficiente para ese viaje que ya en cualquier caso  hubiera tenido  que hacer solo, ya sí, sin mis hijas, porque los prejuicios  de la madre habían ocupado el lugar del amor hasta provocar la separación. Crónica de una muerte anunciada.

Pero sí, volví a Gambia. Ligero de equipaje, mucho más que cuando marché. Sabio y fuerte tras superar tan larga como apasionante travesía hacia una Ítaca que, lo confieso, no me defraudó y en la que quedó mi cuerpo. Nada más.

Fue mi destino: regresar a Gambia desde donde hoy, y como parte de ellos, me confundo con sus paisajes de ríos, manglares, mar y sol. Hoy de nuevo y para siempre soy Gambia y en ella os espero con lo mejor que os podemos ofrecer: Una SONRISA.